Natalia sonrió, dijo una frase tranquilizadora refiriendose al tiempo, la noche era muy clara, y se sentó frente a su máquina de coser. Acomodó pantalones y controló la aguja. Vio a Isabella que cabeceaba resistiéndose al sueño, insólitamente no se había desternillado de risa ante Giacinto, y le ordenó que se fuera a dormir.
Impulsó el pedal con el pie. Cuando la rueda giró y la aguja cayó y subió sobre la tela, Luisa que miraba su rosro concentrado, comprendió que a veces la vida inmutable no se aguanta y se elige a un ser, el primero a mano, para no sufrir de soledad y penuria...
El mar que nos trajo. Griselda Gambaro
